Las jornadas catequéticas forman, permiten aprendizajes significativos, posibilitan lecturas y conocimientos, dan razón de la fe desde el afecto o las sensaciones y no sólo desde el conocimiento. Con ello se intenta dar una respuesta de fe a Dios como algo verdaderamente humano y no opuesto a la razón mientras que se desarrollan los valores propuestos por Jesús en el Evangelio.
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Fe y Justicia desde el personalismo del Vaticano II


La iglesia en pobreza y pobre, como nos enseñara Juan XXIII es sobre todo la iglesia de los pobres

Escrto por Agustín Ortega Cabrera, el 17 de octubre de 2012 a las 09:29. Tomado del site Religión Digital
(Agustín Ortega Cabrera, Centro Loyola e ISTIC).-Dos acontecimientos se nos vienen en este momento. La celebración del año de la fe, en el marco del 50 aniversario del Concilio Vaticano II. Y la semana contra la pobreza, en torno al día 17 de Octubre, día internacional por la erradicación de la pobreza, organizada por la Plataforma Pobreza Cero GC. (compuesta por la Coordinadora de ONGds y diversas asociaciones, movimientos sociales, etc.)
Estos acontecimientos, que como decía Mounier son muestro maestro interior, signos de los tiempos y del Espíritu del Evangelio, nos motivan tratar esta realidad o cuestión social, central e ineludible, como es la pobreza, inspirados por la aportación y claves imprescindibles que se suscitaron desde el Vaticano II. Y así seguir haciendo memoria, actualizando y renovando el fecundo legado y mensaje, que nos regaló esta primavera espiritual que fue el Concilio.
Primeramente, hay que observar que el clima socio-cultural y de pensamiento que antecede al Concilio estuvo, en muy buena medida, marcada por la corriente filosófica y de pensamiento de un nuevo humanismo, conocido como el personalismo. Muy inspirado por la fe cristiana con autores tan significativos como Maritain, Mounier, Marcel o Rovirosa, donde sintonizan asimismo teólogos de la talla de Rahner, Chenu o Congar.
Efectivamente todos estos pensadores y teólogos renuevan y actualizan el humanismo espiritual e integral,consustancial a la fe cristiana, tal como se había realizado en la tradición eclesial. Con la roca firme del genio de Santo Tomás de Aquino y el clima espiritual del siglo de oro, autores y maestros en la edad moderna, como, por ejemplo, Tomás Moro, F. de Vitoria y la escuela de Salamanca o F. Suarez. Todos estos pensadores y su legado, como no podía ser de otra forma, lo recoge el Vaticano II, mediado por dicho nuevo humanismo, el personalismo y los autores citados que tuvieron una influencia crucial y decisiva en el Concilio.
Efectivamente, el Vaticano II recogió y actualizó toda esta sensibilidad humanista y personalista espiritual e integral, los mejores frutos de la modernidad. Estableciendo así puentes de dialogo y encuentro con la cultura y sociedad o mundo moderno, con su conocido giro antropológico, bien trabajado igualmente, por ejemplo, por el genio de Rahner. Toda esta cultura y espiritualidad personalista integral cristalizó en el Concilio. Con la aportación tan significativa e imprescindible de lo movimientos apostólicos, laicales y obreros como la JOC con Cardijn y la HOAC en España conRovirosa y Malagón. Y los teólogos que sintonizan con toda esta espiritualidad, además de Rahner, como los ya citados Chenu, Congar y, en cierto sentido, el mismo H. de Lubac o T. de Chardin.
Fecundado por todo este movimiento humanista y personalita que se inspira en la fe cristina, la perspectiva y horizonte más profundo del Vaticano II fue promover una espiritualidad y antropología integral. Donde la fe y lo humano, el Evangelio y la persona se inter-relacionan e integran de forma armónica y sinérgica, frente a espiritualismos e individualismos, dualismo o monismos de cualquier tipo.
Con lo mejor de la tradición espiritual y teológica de la fe cristiana, se realza que la fe no niega lo realmente y verdadero humano. La gracia, el don del amor Dios acogido por la fe: se encuentra en lo más hondo de la persona, posibilita y potencia lo más auténtico y profundo de lo humano. Lejos de rivalidad y desprecio por parte de la fe hacia la dimensiones constitutivas de la persona, la espiritualidad cristiana integra y fecunda, inter-relacionalmente, estas dimensiones como la material o físico-corporal, la social e histórica, la política y económica.
Todas estas dimensiones del ser humano son esenciales e inherentes a la fe y espiritualidad cristiana. Ya que las persona ha sido creada así por Dios en Cristo, para que se realice y desarrolle integralmente. Todavía más, Dios en el Verbo e Hijo encarnado, Jesús, ha asumido a toda (en todas sus dimensiones) y a todas (de forma universal y solidaria) las persona. Él se ha unido solidariamente al género humano y está, por tanto, presente en cada persona. Dios en Jesús y su encarnación asume y asimila todo lo humano, lo personal, social e histórico para salvarlo en el amor, la justicia y la paz, liberándolo de todo pecado y mal, opresión e injusticia. Dios en Jesús se humaniza, Cristo es la entraña y paradigma de lo humano, que revela el sentido más profundo de la persona. Por lo que a Dios se le encuentra en lo humano, en la vida y realidad personal, social e histórica, en la humanidad y en el mundo.
Y es que el Evangelio de Jesús, el Reino de amor fraterno, justicia y paz promueve la vida y dignidad de los seres humamos, y lo hace real, social e históricamente: desde y con los pobres (empobrecidos y excluidos, oprimidos y víctimas); ya que los pobres son aquellos que a los que se les niega y arrebata dicha vida y dignidad. El pobre es presencia (sacramento) del Cristo pobre y víctima-crucificado por el mal y la injusticia. Jesús y su Reino de amor, misericordia y justicia, el Dios encarnado en Cristo con su vida y pascua ha asumido solidariamente el pecado y el mal, el sufrimiento e injusticia para salvarnos en esta justicia y amor fraterno, para liberarnos de dicho pecado, mal e injusticia, del egoísmo, del poder y la riqueza.
El Espíritu de Dios en Jesús encarnado y su gracia salvadora-liberadora envuelve y penetra toda la vida, todas las relaciones y ambientes, toda la realidad social e histórica. El Dios Trinitario inhabita la humanidad y el cosmos, sus relaciones de amor, justicia y comunión son entraña y modelo para la vida, la sociedad y el mundo. Todo lo anterior es el marco teológico y antropológico, teologal y espiritual desde el que se comprende adecuadamente la renovación eclesiológica y pastoral que se efectúa desde el Vaticano II. La iglesia es, en Cristo, sacramento del Reino y su pueblo, es pueblo de Dios en y para el mundo y la historia. Ella es sacramento de comunión con Dios y con la humanidad, para que reine la unidad fraterna, la justicia y la paz en el mundo. La razón de ser de la iglesia es la misión de anunciar, celebrar y servir al Reino.
El servicio evangelizador en la trasmisión de la fe, la esperanza y el amor, en solidaridad y justicia con los pobres desde la Gracia de Dios. Es la iglesia que desde esta vida teologal y santificadora, se hace sacramento universal de salvación integral que penetra, transforma y libera toda la vida y realidad personal, social e histórica. La iglesia en pobreza y pobre, como nos enseñara Juan XXIII es sobre todo la iglesia de los pobres, en el compromiso solidario y por la justicia con los pobres, perseguida por la justicia a manos los poderes de este mundo, en seguimiento encarnado de Jesús y su sacramento, el pobre.
La iglesia no se confunde ni se identifica con ninguna fuerza y poder histórico. Ella es servidora de la misericordia y justicia con los pobres, en la diakonía del mundo. La iglesia está en la realidad y respeta la autonomía de dicha realidad, tal como ha sido querida y creada por Dios. La iglesia sirve a la realidad y al mundo, acogiendo y potenciando está autonomía y todo lo verdadero, bello y bueno del mundo, todo el desarrollo humano, social e integral que se cimenta en el amor, la solidaridad y la justicia con los pobres.
El Espíritu de Cristo se encuentra presente en todos estos signos de los tiempos, es decir, en aquellas realidades donde se defiende y promueve la dignidad, la fraternidad y la solidaridad. Ella debe escrutar y discernir estos signos de los tiempos: viendo la realidad con la mirada del amor y los ojos abiertos y compasivos del Evangelio, y mediante la razón y el pensamiento, las diversas ciencias sociales y humanas analizar dicha realidad; haciendo una valoración y juicio profético y ético-crítico de dicha realidad desde la Palabra de Dios, en la tradición y enseñanza de la iglesia, particularmente de su doctrina social, para ir discerniendo que es lo que se ajusta o no al Reino; y actuar comunitaria, social y públicamente para la transformación y renovación del mundo de acuerdo con el Evangelio de Jesús.
Como se observa, esta conocida perspectiva y metodología eclesial-pastoral, promovida por los movimientos apostólicos como la JOC o la HOAC: es muy importante para una cualificada praxis eclesial y una acción socio-pastoral. Efectivamente, se trata de comprender que las necesidades y problemáticas sociales, como la pobreza, tienen unas causas históricas que moralmente hay que erradicar. Se produce así una comprensión global e integral de las cuestiones sociales, tales como la pobreza, que se enmarcan y contextualizan en la realidad histórica, en las relaciones humanas y políticas, económicas y culturales. En donde se observa que la injusticia y desigualdad, el mal y el pecado han cristalizando en dichas relaciones y estructuras o sistemas sociales, que generan hambre y miseria, pobreza y exclusión social, deshumanización, mal y pecado.
Así, la ética y la acción social no han de tener un sesgo individualista y paternalista, un asistencialismo de beneficencia que no promociona y desarrolla integralmente. La ética y la acción social deben ir a las raíces y causas históricas (políticas, económicas, culturales...) de la pobreza, para dar una respuesta moral y efectiva. En donde los pobres son los sujetos y protagonistas de su promoción y liberación integral. Se trata de luchar por la justicia y la paz, poniendo a las personas en el centro y como sujetos activos de la gestión de lo público y social, de la economía, del trabajo y de la política. Toda realidad que impida esta dignidad y protagonismos de los pobres, de las personas y pueblos: es inmoral e injusta. Frente al neoliberalismo-capitalismo, el ser humano no es un ser egocéntrico e individualista que solo mira a su interés particular.
La persona es un ser social, sociable y solidario. Y, por tanto, el mercado y la economía deben ser regulados por la esfera de la ética y de lo público, de la justicia e igualdad. Frente al colectivismo, el partido o estado no puede monopolizar la vida de la sociedad civil, impidiendo la libertad y la participación democrática. La persona y la comunidad o sociedad constitutivamente se co-relacionan mutuamente en busca del bien común global e internacional. En una socialización de la vida y los bienes, en el destino y participación universal, co-gestionada (democrática) de los recursos, capacidades y bienes de todo tipo. Tales como el dinero y las rentas o patrimonios, el trabajo, los salarios y la empresa, el comercio y las finanzas, etc.
Este destino universal y socializador de los bienes está por encima de la propiedad privada. El bien común y la justicia social son primero que la autoridad y las leyes establecidas. El protagonismo y la dignidad de la persona se anteponen al mercado y a cualquier sistema económico, laboral o político.
Por tanto, solo habrá paz y un desarrollo solidario e integral si se realiza esta justicia liberadora con los pobres, en un desarme colectivo y moral con los pobres, frente a la guerra que no es solución para nada. Con una autoridad mundial y sus instituciones que regule un nuevo orden internacional justo con los pobres. Frente a la inmoralidad de las riquezas, del ser ricos y del poder, los pueblos y estados deben compartir la vida y los bienes de forma justa y equitativa, en amor fraterno, hasta de lo necesario para vivir. En esta acción social y compromiso por la justicia con los pobres tienen un papel fundamental los laicos. Ya que la vocación y misión específica del seglar es analizar, gestionar y transformar de forma directa e inmediata el mundo con sus relaciones, instituciones y estructuras para que se vaya ajustando al Reino.
La iglesia es pueblo de Dios y laical con su vocación bautismal de anuncio, consagración y transformación del mundo desde el Evangelio del Reino. Y el ministerio ordenado y la vida religiosa están al servicio de este pueblo de Dios, del laicado para que desarrollen esta vocación y compromiso bautismal por el Reino y su justicia con los pobres. ¡Ojala que sigamos acogiendo y actualizando estos frutos del Concilio!, su humanismo y personalismo integral, su mensaje de fe y justicia con los pobres, su antropología y espiritualidad. Así lo han hecho los pueblos del Sur, como el latinoamericano, con sus iglesias y comunidades de base, sus profetas, testigos y mártires, con su teología y espiritualidad liberadora, acogida y valorada en la iglesia con la fecundidad de sus documentos evangelizadores y sociales. En este sentido, la Compañía de Jesús actualmente ha acogido y actualizado todo este legado, con su misión del servicio de la fe y la justicia, en su opción por los pobres, en diálogo con las culturas y las religiones.

Del Vaticano II a... ¿Jerusalén II?


Escrito por: Víctor CODINA, S.J.

Este artículo es parte de la «Minga» o número colectivo de revistas latinoamericanas de teología, un servicio a las revistas animado por la Comisión Teológica Latinoamericana de la ASETT/EATWOT

I. Un verdadero Pentecostés

El deseo y oraciones de Juan XXIII pidiendo que el Vaticano II fuera un Pentecostés para la Iglesia, fue ampliamente escuchado por el Señor. El Vaticano II fue una auténtica irrupción del Espíritu sobre la Iglesia, un acontecimiento salvífico, un kairós. Hay un “antes” un “después” del Vaticano II.
Este tema ha sido tan ampliamente estudiado[1] que bastará recordar las líneas fundamentales del cambio producido en el Concilio:

- de la Iglesia de Cristiandad, típica del Segundo milenio, centrada en el poder y la jerarquía, se pasa a la Iglesia del Tercer milenio que recupera la eclesiología de comunión típica del Primer milenio y al mismo tiempo se abre a los nuevos signos de los tiempos (GS 4; 11; 44);

- de una eclesiología centrada en sí misma, se abre a una Iglesia orientada al Reino;

- de una Iglesia sociedad perfecta se pasa a una Iglesia misterio, radicada en la Trinidad (LG I);

- de una eclesiología exclusivamente cristocéntrica (¡incluso cristomonista!) se pasa a una Iglesia que vive tanto bajo el principio cristológico como bajo el principio pneumático del Espíritu (LG 4);

- de una Iglesia centralista a una Iglesia corresponsable y sinodal que respeta las Iglesias locales;

- de una Iglesia identificada con la jerarquía a una Iglesia toda ella Pueblo de Dios con diversos carismas (LG II);

- de una Iglesia triunfalista que parece haber llegado a la gloria a una Iglesia que camina en la historia hacia la escatología y se llena del polvo del camino (LG VII);

- de una Iglesia señora y dominadora, madre y maestra universal a una Iglesia servidora de todos y en especial de los pobres;

- de una Iglesia comprometida con el poder a una Iglesia solidaria con los pobres;

- de una Iglesia arca de salvación a una Iglesia sacramento de salvación, en diálogo con las otras Iglesias y las otras religiones de la humanidad, en pleno reconocimiento de la libertad religiosa (DH).
En este sentido se ha dicho que el Vaticano II, y concretamente la constitución Lumen Gentium, ha sido un Concilio de transición, entendida esta transición como el paso de una eclesiología tradicional a otra renovada[2]. Para algunos es el paso del anatema al diálogo (R. Garaudy), un verdadero aggiornamento de la Iglesia; para otros, seguramente excesivamente optimistas, el requiem del constantinismo…

 II. Y sin embargo…

Sin entrar aquí y ahora en lo que ha sucedido en el inmediato y posterior postconcilio, ya el mismo Vaticano II presenta una serie de déficits que lastrarán sus elementos positivos y los ensombrecerán.

Además de que el Vaticano II tuvo que acceder a admitir una serie de enmiendas ( o modos) de los grupos más conservadores, que hacen que su eclesiología contenga una cierta ambigua dualidad entre el acento jurídico de la eclesiología tradicional y la afirmación de la eclesiología de comunión ( como Acerbi ha señalado), el Concilio no trata y guarda silencio sobre temas ya entonces candentes: el celibato sacerdotal y la carencia de ministros ordenados, el papel de la mujer en la sociedad y en la Iglesia, la participación de los seglares en la responsabilidad ministerial, la sexualidad, la disciplina del matrimonio, la forma de elegir a los obispos, el estatuto eclesiológico de los obispos auxiliares, de los nuncios y cardenales, la función de la curia romana, la relación entre democracia y valores, entre leyes civiles y morales, la relación con las Iglesias orientales separadas de Roma…
Estas lagunas han hecho que la magnífica eclesiología de comunión del Vaticano II en la práctica haya quedado muchas veces a mitad de camino por falta de mediaciones eclesiales concretas para llevarlas a la práctica. Muchos de estos temas se convertirán en el postconcilio, sobre todo en tiempo de Pablo VI, en cuestiones no sólo candentes sino conflictivas. Pensemos, por ejemplo, en la polémica surgida en torno a la Humanae Vitae.

 III. Invierno eclesial

Añadamos a lo anterior que el Vaticano II, luego de quince siglos de constatinismo eclesial, produjo muchas reacciones y exageraciones en el seno de la Iglesia. Desde la sociología y en concreto desde la sociología religiosa esto no debería extrañarnos: una gran masa de fieles no cambia rápidamente de sus modos de pensar y de actuar.

Algunos sectores muy conservadores se resistieron a aceptar el Vaticano II, creyeron que la Iglesia doblaba sus rodillas ante la Modernidad (Maritain, Bouyer…). Mucho peor y más intransigente fue la postura del Mons, Marcel Lefebvre que acabó formando un grupo disidente (Fraternidad de Pío X) que fueron finalmente excomulgados por Juan Pablo II (1988) al proceder Lefebvre a nombrar sus propios obispos. La cuestión litúrgica (el deseo de volver a la liturgia latina de Pío V), no fue lo más importante: en el fondo había un rechazo frontal del Vaticano II al que se acusaba de protestantismo y modernismo. 

Conocemos toda la evolución que ha ido teniendo este grupo hasta nuestros días y los difíciles caminos de reconciliación. Si para algunos de ellos el Vaticano II fue una auténtica cloaca, ¿cómo poder dialogar con ellos?...

Estas posturas críticas estaban también influidas por la deficiente hermenéutica y recepción del Concilio por otros grupos opuestos. Hubo de parte de algunos sectores de la Iglesia una interpretación excesivamente libre y alegre del Vaticano II, lo cual produjo excesos, abusos y exageraciones en terrenos dogmáticos, litúrgicos, morales, ecuménicos… y lo que fue más doloroso, el abandono del ministerio por parte de muchos sacerdotes y de la vida consagrada por parte de muchos religiosos y religiosas.

A esto se sumó un descenso de la práctica dominical y sacramental, los divorcios, el aumento de indiferencia religiosa, el descenso entre las vocaciones sacerdotales y religiosas, un ambiente muy secularizado y crítico frente a la Iglesia…

Esto explica el hecho de que dentro de personas muy responsables y representativas de la Iglesia se hiciera una crítica si no del Vaticano II, sí ciertamente de su aplicación. Aquí hay que señalar la entrevista que tuvo el Cardenal Josef Ratzinger, Prefecto de la Congregación de la Fe, con el periodista italiano Vittorio Messori[3]. Ratzinger no crítica al Concilio sino al anti-espíritu del Concilio que se ha introducido en la Iglesia, fruto de los embates de la modernidad y de la revolución cultural sobre de Occidente. No defiende una vuelta atrás sino una restauración eclesial, una vuelta a los auténticos textos conciliares para buscar un nuevo equilibrio y recuperar la unidad y la integridad de la vida de la Iglesia y de su relación con Cristo. No se siente muy inclinado a resaltar la historicidad de la Iglesia, ni los signos de los tiempos, ni el concepto de Pueblo de Dios, ni a apoyar las conferencias episcopales, que le parece que asfixian el papel del obispo local. Cree que los últimos veinte años después del Concilio han sido desfavorables para la Iglesia y opuestos a las expectativas de Juan XXIII. Ni la teología liberadora de América Latina, ni las religiones no cristianas, ni el movimiento feminista gozan de su simpatía. El tono del diálogo es más bien pesimista y sombrío, mientras para él un rayo luminoso de esperanza lo constituyen los nuevos movimientos laicales y carismáticos[4]…

Frente a esta postura crítica de Ratzinger sobre el postconcilio, el cardenal de Viena, Franz König, que jugó un papel muy importante en el Vaticano II, escribió un libro, Iglesia, ¿adónde vas?[5], en el que afirma que la minoría conciliar veía el concilio como una amenaza y utilizó todo su poder para vaciarlo de contendido. Para König, la Iglesia de hoy, sin el Vaticano II habría sido una catástrofe y mira con sospecha los intentos actuales de restauración eclesial.

El Sínodo de obispos de 1985 convocado por Juan Pablo II defendió la identidad del Vaticano II frente a sus impugnadores, sin embargo sustituyó el concepto de Pueblo de Dios por del Iglesia Cuerpo de Cristo, reforzó la importancia de la santidad y de la cruz en la iglesia (seguramente creyendo que Gaudium et Spes era demasiado optimista y humanista), cambió la palabra pluralismo por la de pluriformidad, e intentó leer Gaudium et Spes desde Lumen Gentium y no al revés.

Se ha dicho que la minoría conciliar que fue “derrotada” por el Vaticano II, poco a poco ha ido enarbolando la interpretación y conducción del Vaticano II. Lentamente hemos ido pasando de la primavera al invierno conciliar (K. Rahner), a una vuelta a la gran disciplina (J.B. Libânio), a una restauración eclesial (J.C. Zízola), a una noche oscura eclesial (J.I. González Faus). A la revista Concilium, liderada por los grandes teólogos conciliares, se le añade en 1972 la revista Communio, inspirada por H.U. von Balthasar con una línea teológica diferente. Von Balthasar parece ser la gran figura teológica del post-Concilio, como lo fue Rahner del Concilio. Algo está cambiando.

Muchos de los documentos del magisterio que se han ido produciendo en tiempo de Juan Pablo II en estos últimos años, como Apostolos suos (1998) sobre las conferencias episcopales, Communionis notio (1992) sobre las Iglesias locales, la Instrucción sobre la colaboración de los fieles laicos en el ministerio de los sacerdotes (1987), la Instrucción Dominus Iesus (2000) sobre el diálogo inter-religioso, marcan un claro retroceso respecto a la inspiración más profunda del Vaticano II.
A casi 50 años de la clausura del Concilio, algunos se preguntan si en el Concilio realmente sucedió algo[6]. Frente a esta postura un tanto crítica y dubitativa, los estudios históricos dirigidos por G. Alberigo[7] han demostrado fehacientemente que el Vaticano II fue un verdadero “acontecimiento”. Pero no han faltado reacciones en contra, como la de Mons. A. Marchetto, para quien el Vaticano II no opera ninguna ruptura con el pasado, sino que es preferible hablar de continuidad[8]. El mismo Benedicto XVI prefiere hablar de reforma sin ruptura[9].

 IV. Cambio de acentos

Pero si dejamos un tanto de lado las diversas hermenéuticas y aplicaciones del Vaticano II, para fijarnos en el nuevo contexto socio-eclesial que hoy vivimos, constataremos que ha habido como un corrimiento de acentos y de interés en la apreciación y actualidad de los mismos documentos conciliares.
Para poner algún ejemplo, si la eclesiología del Vaticano II estuvo centrada en Lumen Gentium en una Iglesia ya constituida, hoy día vemos que el decreto Ad Gentes sobre la actividad misionera de la Iglesia recobra mayor actualidad y urgencia, y esto no sólo para los llamados “países de misión” sino también y quizás sobre todo para los mismos países de tradición católica, convertidos hoy en verdaderos países de misión, donde es necesaria una nueva evangelización.

El ecumenismo conciliar, expresado sobre todo en el decreto Unitatis Redintegratio, parece quedar un tanto desplazado ante la actualidad del diálogo inter-religioso que el mismo Vaticano II propició en su decreto Nostra Aetate. ¿Qué sentido y urgencia tienen las discusiones domésticas entre cristianos ortodoxos, evangélicos y anglicanos, cuando el grave problema es la relación con las grandes mayorías no cristianas? Toda la problemática ecuménica, evidentemente no desaparece, pero queda como en un segundo lugar ante los problemas religiosos y políticos del diálogo con el Islam, Hinduismo, Budismo, Judaísmo y las religiones originarias, lo que algunos llaman macro-ecumenismo, aunque a otros disgusta este nombre.

Para poner otro ejemplo intra-eclesial, las discusiones en torno a la Nota previa introducida un tanto misteriosamente al final de la Lumen Gentium sobre la relación entre primado y colegialidad episcopal, quedan hoy muy relativizadas y como desplazadas ante el pedido del mismo Juan Pablo II en su encíclica Ut Unum Sint (1995) de que dirigentes y teólogos de las diferentes Iglesias y comunidades cristianas le ayuden a reformular el ejercicio del primado petrino hoy, para que, sin renunciar a su misión de servicio a la comunión, deje de constituir un obstáculo (¿el principal?) para la unión de los cristianos.

¿Qué está sucediendo? ¿Cómo interpretar estos cambios que afectan al mismo ser eclesial?

 V. Entre el caos y el kairós.

Más allá de las buenas o males voluntades, más allá de las diferentes ideologías en torno al Vaticano II, hay que reconocer que hoy estamos ante un cambio de época, estamos entrando en una crisis de cultura mundial, no precisamente destructiva, pero sí de proporciones inéditas.

Antropólogos, sociólogos, filósofos e historiadores reconocen que vivimos una situación nueva, una especie de tsunami y de terremoto global, que afectan a todas las dimensiones de nuestra existencia: sociales, económicas, políticas, culturales y también religiosas y espirituales. La generalización y aceleración de las comunicaciones, la globalización de flujos energéticos y de los recursos, la movilidad de las personas, el impacto creciente e inesperado de la ciencia, la amenaza de la degradación del planeta, nos producen la impresión de caos generalizado.

Si hace algunos años todavía se soñaba en el Estado de bienestar, actualmente todo el mundo vive en una atmósfera de inseguridad, de incertidumbre y precariedad. La llamada “época axial” o el “tiempo eje” que desde el 900 a. C. hasta el 200 a. C. configuró la sabiduría y cosmovisión religiosa de China (Confucio), India (Buda), Grecia (Sócrates) e Israel (Isaías, Jeremías y los profetas)[10], hoy ha entrado en una profunda crisis y se necesita elaborar un “segundo tiempo axial” (K. Jaspers).

Todo esto naturalmente afecta a nuestra conciencia religiosa y eclesial. J.B. Metz ha formulado en una especie de sorites los cambios que vivimos a nivel religioso y eclesial. Frente a una época de pertenencia pacífica en la Iglesia hoy hemos ido pasando primero a afirmar “Cristo sí, Iglesia no”, para luego ir avanzando a “Dios sí, Cristo, no” y más adelante “religión sí, Dios, no”, para acabar diciendo “espiritualidad sí, religión no”.

En este clima caótico de cambio e incertidumbre generalizada, la problemática del Vaticano II ha quedado de algún modo desplazada o incluso superada. Ya no tiene mucho sentido seguir discutiendo sobre ritos litúrgicos, la curia vaticana, la disminución de la práctica dominical, el control de natalidad, la comunión a los divorciados o las parejas homosexuales…Los problemas son mucho más radicales y de fondo. Las generaciones jóvenes son las que más lo perciben y sufren.

El Vaticano II fue un concilio fuertemente eclesiológico, centrado en la Lumen Gentium y en la Gaudium et Spes. Respondía a la pregunta que Pablo VI había lanzado a los padres conciliares: “Iglesia, ¿qué dices de ti misma?”. Todos los demás documentos giran en torno a la Iglesia o convergen en ella: revelación, liturgia, laicado, Pueblo de Dios, jerarquía, vida religiosa, ecumenismo, diálogo con el mundo moderno etc.

Pero pocos años después del Vaticano II, el mismo Pablo VI, en una semana social de Francia cambió la pregunta del Concilio y la convirtió en esta otra: “Iglesia, ¿qué dices de Dios?”

El teólogo y cardenal Walter Kasper reconoce que el Vaticano II se limitó demasiado a la Iglesia y a las mediaciones eclesiales y descuidó de atender al verdadero y auténtico contenido de la fe, a Dios[11].
Y Rahner llegó a afirmar que el concilio Vaticano I había sido más audaz que el Vaticano II al haberse atrevido a tratar la cuestión del misterio inefable de Dios. Y escribió:
“El futuro no preguntará a la Iglesia por la estructura más exacta y bella de la liturgia, ni tampoco por las doctrinas teológicas controvertidas que distinguen la doctrina católica de los cristianos no católicos, ni por un régimen más o menos ideal de la curia romana. Preguntará si la Iglesia puede atestiguar la proximidad orientadora del misterio inefable que llamamos Dios. (…) Y por esta razón, las respuestas y soluciones del pasado Concilio no podrían ser sino un comienzo muy remoto del quehacer de la Iglesia del futuro”[12].

La Iglesia ha de concentrarse en lo esencial, volver a Jesús y al evangelio, iniciar una mistagogía que lleve a una experiencia espiritual de Dios, es tiempo de espiritualidad y de mística. Y también de profecía frente al mundo de los pobres y excluidos que son la mayor parte de la humanidad, y frente a la tierra, la madre tierra, que está seriamente amenazada. Mística y profecía son inseparables. La Iglesia ha de generar esperanza y sentido a un mundo abocado a la muerte.

No es tiempo de retoques parciales, estamos en un tiempo que recuerda al que precedió inmediatamente a la Reforma. Hay que ir a lo esencial. Y no engañarnos, no caer en la vieja tentación de tocar violines mientras el Titánic se hunde…

En este clima de perplejidad y de crisis universal, los cristianos afirmamos que en medio de este caos, está presente la Ruaj, el Espíritu que se cernía sobre el caos inicial para generar la vida, el mismo Espíritu que engendró a Jesús de Maria Virgen y lo resucitó de entre los muertos. Del caos puede surgir un tiempo de gracia, un kairós, una Iglesia renovada, nazarena, samaritana, más pobre y evangélica.
Algunas voces postulan un nuevo concilio, pero en este caso no debería ser un Vaticano III, sino un Jerusalén II…

[1] Me permito remitir a mi libro, Para comprender la eclesiología desde América Latina, Estella. España, 2008, nueva edición actualizada.
[2] A.J. de Almeida, Lumen Gentium. A transiçâo necessária, Sâo Paulo 2005.
[3] V. Messori / J. Ratzinger, Informe sobre la fe, Madrid 1985.
[4] Para comprender el pensamiento teológico de J. Ratzinger puede ayudar el texto de J. Martínez Gordo, La cristología de Josef Ratzinger-Benedicto XVI. A la luz de su biografía teológica, Cuadernos Cristianismo i Justicia nº 158, Barcelona 2008.
[5] K. König, Iglesia, ¿adónde vas?, Santander 1986.
[6] D.G. Schultenhover (ed.), Vatican II, Did Anything Happen?, New York 2007.
[7]G. Alberigo (ed.), Historia del Concilio Vaticano II, I-V, Salamanca 1999-2008.
[8] A. Marchetto, El Concilio Ecuménico Vaticano II. Contrapunto para su historia, Valencia 2008. Véase S. Madrigal, El “aggiornamento”, clave teológica para la interpretación del Concilio. Sal Terrae (febrero 2010) 111-127.
[9] Benedicto XVI, Discurso de felicitación de Navidad a la curia romana, 2005.
[10] K. Armstrong, La gran transformación, Barcelona 2007.
[11] W. Kasper, El desafío permanente del Vaticano II, en Teología e Iglesia, Barcelona 1989, p 414.
[12] K. Rahner, El Concilio, nuevo comienzo, Barcelona 1966, p 22.

La bondad desconcertante y escandalosa

Un saludo muy cordial a los alumnos del Colegio Gonzaga, que buscan la verdad del Evangelio y el bien de los más necesitados. Para sus profesores y sus alumnos, un abrazo y mi sincera amistad.

"
La bondad es siempre ejemplar, admirable, modélica. Pero la bondad no llega al límite, hasta el extremo último de sus posibilidades, nada más que cuando resulta sorprendente, incomprensible, desconcertante, incluso escandalosa. Una bondad que no escandaliza es una bondad a la que seguramente le falta algo y, por tanto, no da de sí todo lo que tendría que dar.

Esto no es hablar por hablar. Pienso que, al afirmar lo que acabo de indicar, estoy tocando el componente distintivo de la verdadera bondad. La bondad extrema. Tan extrema, que en realidad no tiene límite alguno. Aquí recuerdo el ejemplo de aquella joven judía holandesa, que, en 1943, quiso libremente unirse a su familia en el tren de los deportados, que fueron conducidos al campo de exterminio de Aushwitz donde desapareció para siempre. Las últimas palabras de su diario dicen esto: "Una quisiera ser un bálsamo derramado sobre tantas heridas".

Es evidente que un ejemplo así, resulta admirable, impresiona, nos parece ejemplar. Es un ejemplo que llega hasta eso, que ya es enorme, es muchísimo, es sencillamente impresionante. En eso está su grandeza y su límite.

Pero hay una bondad que sobrepasa todo límite. Es la bondad que pierde todo límite precisamente porque pierde toda explicación. Hasta el exceso de resultar "peligrosa", incluso "escandalosa". El Evangelio relata que un día Juan Bautista, cuando ya estaba encarcelado por Herodes, le mandó a Jesús dos discípulos a preguntarle: "¿Eres tú el que tenía que venir o esperamos a otro?"

La vida de Jesús le planteaba dudas a todo el mundo, incluso a san Juan Bautista. Jesús no contestó ni Sí ni No. Se limitó a citar (con ligeras variantes) un texto del profeta Isaías (26, 19): "Los ciegos ven y los cojos andan, los leprosos quedan limpios y los sordos oyen, los muertos resucitan y los pobres reciben la buena noticia". Pero sorprendentemente Jesús no termina en eso, sino que añade enseguida: "¡Y dichoso el que no se escandaliza de mí!" (Mt 11, 2-5; Lc 7, 18-35).

¿Qué explicación tiene el hecho de que una persona, que hace tanto bien a los que más sufren, llegue a prevenir del peligro de "escándalo" que puede entrañar y desencadenar el bien que hace? ¿Qué sentido puede tener semejante advertencia?

Sin duda alguna, eso es lo más sensato, lo más necesario, que se puede decir, que se tiene que decir. ¿Por qué? Porque la bondad, cuando llega hasta donde tiene que llegar, necesariamente resulta escandalosa. Porque la bondad es bondad sin límites cuando no se limita a aliviar el sufrimiento, sino cuando, además de eso, lucha contra los causantes del sufrimiento. Y se enfrenta a los responsables de que en este mundo haya tanta gente que lo pasa fatal. Y ahí, en eso y entonces, es cuando se produce el escándalo. Hubo un obispo en Brasil, en el siglo pasado, Dom Helder Cámara, que decía: "Cuando ayudo a un pobre, dicen que soy un santo, cuando pregunto por qué hay pobres, dice que soy comunista". Este obispo fue insultado, perseguido, y un día su casa fue tiroteada por unos sicarios a sueldo. Exactamente lo que hicieron con Monseñor Romero, en El Salvador. O con Monseñor Angelelli, en Argentina. Y, mucho antes, con Jesús de Nazaret, en Jerusalén. Porque Jesús no se limitó a curar a los enfermos y dar de comer a los pobres. Además de eso, les dijo en su cara a los sumos sacerdotes que habían hecho del Templo "una cueva de bandidos" (Mt 21, 13 par). Por eso, con humildad y hasta con miedo, me atrevo a terminar aquí con una pregunta: si fuéramos buenos de verdad, ¿no tendríamos que salir por las calles gritando que hemos hecho de nuestro país una cueva de bandidos? O por lo menos, ¿no tendríamos que ponernos todos a precisar, con la debida documentación en nuestras manos, quiénes son los bandidos que nos han robado el bienestar, la paz, el trabajo, la seguridad y la convivencia de hermanos que habíamos fabricado con tanto esfuerzo y a costa de tantas renuncias? No queremos ni odios, ni resentimientos, ni venganzas. Sólo queremos que se respete el derecho, la justicia y la vida de quienes tienen todo eso más amenazado.
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José María Castillo, quien es Doctor en Teología, ha sido Profesor en la Facultad de Teología de Granada, en la Universidad Gregoriana, en la Universidad Comillas, en la Universidad Uca (El Salvador) y ha escrito varios libros como "Teología para comunidades", ha autorizado la publicación de esta, su reflexión, en nuestro blog de Jornadas Catequéticas de la U. E. Gonzaga. Además gentilmente nos ha enviado su saludo que lo publicamos en el inicio de este post.

Bingo Social de la Iglesia



A continuación tienes las respuestas para que completes el juego del Bingo Social de la Iglesia, para la material de ESI de tercero de bachillerato.


Recuerda que lo importante no es memorizar las tablas sino entender el contexto de las citas y autores.


¡Que gane el mejor!



Tarjetas
Tablas
El pueblo de la Biblia sufre la opresión de Egipto
“Yo, Yavé, soy tu Dios, que te ha sacado del país de Egipto, de la casa de servidumbre” (Ex. 20,2).
“No habrá en tu tierra mujer que aborte" (Ex 23, 26)
Derecho a la vida.
Jesucristo.
Nombre de quien anuncia y realiza en plenitud y con la entrega de su propia vida, el amor a los pobres y el compromiso con los problemas sociales.
…Iglesia preocupada por lo social que practicaba la caridad en forma correcta.
Las fundaciones hospitalarias de niños expósitos, el reparto del pan y limosnas, fueron ejemplos de una…
“No matarás, no cometerás adulterio, no robarás”
Éxodo 20, 2-17
El pueblo de Israel buscaba repartir las funciones sociales u organizarse para participar.
“Elije de entre el pueblo hombres capaces, hombres fieles e incorruptibles, y ponlos frente del pueblo como jefes” (Éxodo 18. 19-24)
Éxodo 22,24
“Y si prestas dinero a uno de mi pueblo, al pobre que habita contigo, no serás como el usurero, no le exigirás interés”.
Jeremías, Isaías, Moisés y Amós.
Los profetas son líderes carismáticos que mantienen en el pueblo la conciencia de la dignidad del trabajo, la persona humana creada por Dios y llamada a vivir con todos una vocación de esperanza, amor y prosperidad. Ejemplos de los profetas son…
Jeremías 22,3.
“Practicad el derecho y la justicia, libertad al oprimido de manos del opresor y al forastero, al huérfano y a la viuda no atropelléis”.
Durante la Edad Media se realizaron muchas iniciativas sociales y organizaciones de caridad.Por ejemplo
Leproserías, hospitales, las cofradías para el socorro de los pobres, etc.
Dios libera a los oprimidos, abre los ojos a los ciegos, protege al forastero, etc.
Salmo 146, 7-8
…se comprometieron ante los problemas sociales, de manera singular con los pobres y oprimidos.
Las primeras comunidades cristianas…
…la Revelación y la fe
Las enseñanzas de la Iglesia se transmiten principalmente mediante….
San Ambrosio denuncia la apropiación de bienes sin solidaridad, las desigualdades y las injusticias.
“El pobre desnudo gime ante tu puerta, y ni le miras siquiera… Te gozas en los adornos preciosos, mientras otros no tienen que comer. El pueblo tiene hambre, y tu cierras los graneros. (San Ambrosio).
..las encíclicas papeles y declaraciones de los obispos.
Las raíces de la enseñanza social católica se encuentran en…
El grupo de los Doce significa…
La concreción histórica del proyecto de Jesús durante el siglo primero.
Los santos padres fueron los…
Primeros teólogos y obispos de las comunidades cristianas.
Padres Apostólicos.
Clemente romano, Ignacio de Antioquia, Policarpo de Esmirna, Justino.
“No explotarás al jornalero humilde y pobre. Le darás cada día su salario…No torcerás el derecho del extranjero” (Dt 24, 14-18)
El libro del Deuteronomio expresa derechos humanos fundamentales.
Jerónimo, Ambrosio, Agustín, Gregorio, Nacianceno.
Algunos padres de la iglesia del siglo IV fueron:
“El que no comparte sus bienes con los pobres comete un robo contra ellos y atenta contra su propia vida” (S. Crisóstomo, S.IV)
San Juan Crisóstomo en el siglo IV expresaba criterios de justicia.
San Basilio nos enseña que el destino común de los bienes está en consonancia con la vocación comunitaria y social del ser humano.
“¿Quién no sabe que el hombre es un ser sensible y social, y no solitario y salvaje? Nada es tan propio de nuestra naturaleza como relacionarse unos con otros, tener necesidad unos de otros, amar lo que corresponde a la propia raza humana y compartir con todos el beneficio de la fe”. (San Basilio)
…sistematizar toda la experiencia acumulada en principios de reflexión, criterios de juicio y orientaciones para la acción, de modo que sirva para la misión evangelizadora de la iglesia y al compromiso social de todos los cristianos.
Desde finales del siglo XIX, bajo el nombre de “Doctrina social de la iglesia”, se empezó a…
…por los pobres e indefensos.
La cita de Mateo 25, 31-46 (juicio de las naciones) demuestra una clara opción…
“Felices los que trabajan por la paz”.
Bienaventuranza (Mt 5,9)
Oseas 4, 1-3
“Sepan, hijos de Israel, que Yavé tiene un pleito pendiente con ustedes porque no encuentran en su país ni sinceridad, ni amor, ni conocimiento de Dios. Sólo hay juramentos en falso y mentiras, asesinato y robo, adulterio y violencia, crímenes y m{as crímenes. Por eso el país está de duelo y están deprimidos sus habitantes…
La tradición de la iglesia nos explica que todos los bienes pertenecen también a los que no los tienen; el que posee los bienes es solo un administrador. Una expresión de San Juan Crisóstomo, ya en el S. IV nos explica esto.
“El que no comparte sus bienes con los pobres comete un robo contra ellos y atenta contra su propia vida” (S. Crisóstomo)
Es mérito de Tomás de Aquino haber fijado los conceptos de justicia general o legal, social, distributiva , que hoy pertenece a nuestra cultura
El pensamiento teológico moral tuvo su exponente en Santo Tomás de Aquino, que supo incorporar temas sociales con un tratado sobre la justicia.